martes, 26 de mayo de 2026

LA CIUDAD DE LOS MUERTOS DE SHAH-I-ZINDA (Samarcanda, Uzbekistán)


Visitar un país de Asia Central, donde la mayoría de sus monumentos están incluidos en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, e intentar elegir uno resulta una ardua tarea. Hoy en día, el mundo alberga una diversidad de culturas y creencias inabordables; por eso, hay que viajar con la mente abierta y cultivar el entendimiento y el respeto mutuo entre las diferentes comunidades religiosas. Para nosotras, el mundo islámico es cercano, ya que hemos convivido con esta cultura durante ocho siglos.  Por eso me he decidido reflejar el complejo funerario de Shah-I-Zinda y mostrar que su impresionante avenida de mausoleos resulta conmovedora. La manifestación de sus azulejos, podemos decir, es la más rica del mundo musulmán.

Cuando te adentras en esta ciudad de los muertos, o necrópolis, hay que comprender el entierro, uno de los rituales más significativos de la tradición islámica. El entierro musulmán es un regreso a la tierra, un recordatorio de la temporalidad de la vida terrenal. La práctica de enterrar al fallecido directamente en la tierra, mirando hacia La Meca, simboliza el ciclo de la vida y la creencia en la resurrección. Al igual que en muchas religiones, el sistema de entierro en el islam es mucho más que un rito de paso; es una manifestación de fe, devoción y humildad.

Tengo que empezar diciendo que el nombre de Shah-I-Zinda significa “tumba del rey vivo”, porque aquí está enterrado Qutham Ibn Abbas, primo del profeta Mahoma, quien trajo la religión islámica a esta zona en el s. VII. Las excavaciones realizadas en el lugar han permitido determinar la presencia de un cadáver en su interior, pero aún no se ha establecido su identidad. Este hecho convirtió esta necrópolis en un lugar de peregrinaje. Durante la Edad Media visitar este lugar equivalía a viajar a La Meca. Su complejo, ubicado en la avenida de Zinda, es el más importante y generoso en dimensiones, albergando una mezquita, un mausoleo y una pequeña sala de oración, donde pudimos presenciar los cánticos y oraciones del islam: personas orando y dando gracias en silencio; sin lugar a dudas, un lugar que te invita a la reflexión espiritual.

También el gran Tamerlán eligió este lugar para dar sepultura a sus familiares. Una de las que más me sorprendieron fue la tumba de su hermana, Shirin Bika Aga, que ha sido restaurada a su esplendor original por los conservadores soviéticos y posteriormente por el gobierno de Uzbekistán. Es una planta cuadrada, coronada por una gran cúpula sobre un tambor de diecisiete lados, pero la tumba se encuentra en una cripta subterránea. Los familiares de Tamerlán están enterrados en las tumbas azules, que se distinguen del resto por sus azulejos mayólicas pintados.

En la gran avenida de Shah-I-Zinda se pueden visitar más de veinte mausoleos, construidos unos junto a otros entre los siglos XIV y XV. Durante la época del Imperio Timúrida se erigieron los monumentos más impresionantes con cúpulas turquesas, fachadas de mosaicos y azulejos esmaltados con caligrafía árabe. Cada mausoleo cuenta una historia, una forma de vivir y de morir, un espacio que da lugar a las diferencias sociales, pero todos comparten una atmósfera espiritual y silenciosa.

El día que visitamos la necrópolis era una amalgama de turistas de todas partes, mezclados con visitantes uzbecos de todas las edades, con sus vestimentas de colores, lo que realzaba aún más el colorido del ambiente; la amabilidad de la gente uzbeca se hace notar incluso en un lugar de recogimiento: les gusta hacerse fotos con los turistas y te hacen partícipe de sus costumbres. Los edificios que estaban abiertos al público eran muy variados: algunos, sencillamente simples, cubículos cuadrados con una tumba en el suelo y una ventana que dejaba entrar la luz; otros, sin embargo, eran obras de arte: estructuras cuadradas coronadas por una cúpula y acentuadas por una entrada con pórtico. Sus decoraciones incluyen tallados de un rico colorido, cuya base es el azul cobalto y el verde. El techo, lleno de estrellas de ocho puntas en blanco plateado y lágrimas en azul, que evocan el dolor del luto por la pérdida del ser querido, contrasta con la tumba despojada de todo elemento decorativo. Todo en su conjunto da testimonio de una riqueza arquitectónica y de una armonía de belleza inigualables, que encierra siglos de historia.

Visitar esta necrópolis, la ciudad de los muertos y, a su vez, de los vivos, porque no solo es un lugar sagrado, sino también un lugar de peregrinación, donde los visitantes locales acuden a orar y a pedir protección ante lo que consideran la “Tumba del Rey Viviente”.

Sin lugar a dudas, ha sido una experiencia de aprendizaje enriquecedora para todas y un recuerdo imborrable de Samarcanda, de Jiba y su mezquita del viernes, y de Bujará, tres lugares que nos han marcado durante nuestro viaje a Uzbekistán.

 


































No hay comentarios:

Publicar un comentario