Visitar un país de Asia Central,
donde la mayoría de sus monumentos están incluidos en la lista del Patrimonio
de la Humanidad de la UNESCO, e intentar elegir uno resulta una ardua tarea.
Hoy en día, el mundo alberga una diversidad de culturas y creencias
inabordables; por eso, hay que viajar con la mente abierta y cultivar el
entendimiento y el respeto mutuo entre las diferentes comunidades religiosas.
Para nosotras, el mundo islámico es cercano, ya que hemos convivido con esta
cultura durante ocho siglos. Por eso me
he decidido reflejar el complejo funerario de Shah-I-Zinda y mostrar que su impresionante avenida de mausoleos resulta conmovedora. La
manifestación de sus azulejos, podemos decir, es la más rica del mundo
musulmán.
Cuando te adentras en esta ciudad
de los muertos, o necrópolis, hay que comprender el entierro, uno de los
rituales más significativos de la tradición islámica. El entierro musulmán es
un regreso a la tierra, un recordatorio de la temporalidad de la vida terrenal.
La práctica de enterrar al fallecido directamente en la tierra, mirando hacia
La Meca, simboliza el ciclo de la vida y la creencia en la resurrección. Al
igual que en muchas religiones, el sistema de entierro en el islam es mucho más
que un rito de paso; es una manifestación de fe, devoción y humildad.
Tengo que empezar diciendo que el
nombre de Shah-I-Zinda significa “tumba del rey vivo”, porque aquí está enterrado
Qutham Ibn Abbas, primo del profeta Mahoma, quien trajo la religión islámica a
esta zona en el s. VII. Las excavaciones realizadas en el lugar han permitido determinar la presencia de un cadáver en su interior, pero aún no se ha establecido su identidad.
Este hecho convirtió esta necrópolis en un lugar de peregrinaje. Durante la
Edad Media visitar este lugar equivalía a viajar a La Meca. Su complejo,
ubicado en la avenida de Zinda, es el más importante y generoso en dimensiones,
albergando una mezquita, un mausoleo y una pequeña sala de oración, donde
pudimos presenciar los cánticos y oraciones del islam: personas orando y dando
gracias en silencio; sin lugar a dudas, un lugar que te invita a la reflexión
espiritual.
También el gran Tamerlán eligió
este lugar para dar sepultura a sus familiares. Una de las que más me
sorprendieron fue la tumba de su hermana, Shirin Bika Aga, que ha
sido restaurada a su esplendor original por los conservadores soviéticos y posteriormente por el gobierno de Uzbekistán. Es una planta cuadrada, coronada
por una gran cúpula sobre un tambor de diecisiete lados, pero la tumba se
encuentra en una cripta subterránea. Los familiares de Tamerlán están
enterrados en las tumbas azules, que se distinguen del resto por sus azulejos
mayólicas pintados.
En la gran avenida de Shah-I-Zinda
se pueden visitar más de veinte mausoleos, construidos unos junto a otros entre
los siglos XIV y XV. Durante la época del Imperio Timúrida se erigieron los
monumentos más impresionantes con cúpulas turquesas, fachadas de mosaicos y
azulejos esmaltados con caligrafía árabe. Cada mausoleo cuenta una historia,
una forma de vivir y de morir, un espacio que da lugar a las diferencias
sociales, pero todos comparten una atmósfera espiritual y silenciosa.
El día que visitamos la
necrópolis era una amalgama de turistas de todas partes, mezclados con
visitantes uzbecos de todas las edades, con sus vestimentas de colores, lo que
realzaba aún más el colorido del ambiente; la amabilidad de la gente uzbeca se
hace notar incluso en un lugar de recogimiento: les gusta hacerse fotos con los
turistas y te hacen partícipe de sus costumbres. Los edificios que estaban
abiertos al público eran muy variados: algunos, sencillamente simples,
cubículos cuadrados con una tumba en el suelo y una ventana que dejaba entrar
la luz; otros, sin embargo, eran obras de arte: estructuras cuadradas coronadas
por una cúpula y acentuadas por una entrada con pórtico. Sus decoraciones
incluyen tallados de un rico colorido, cuya base es el azul cobalto y el verde.
El techo, lleno de estrellas de ocho puntas en blanco plateado y lágrimas en
azul, que evocan el dolor del luto por la pérdida del ser querido, contrasta
con la tumba despojada de todo elemento decorativo. Todo en su conjunto da testimonio
de una riqueza arquitectónica y de una armonía de belleza inigualables, que
encierra siglos de historia.
Visitar esta necrópolis, la
ciudad de los muertos y, a su vez, de los vivos, porque no solo es un lugar
sagrado, sino también un lugar de peregrinación, donde los visitantes locales
acuden a orar y a pedir protección ante lo que consideran la “Tumba del Rey
Viviente”.
Sin lugar a dudas, ha sido una experiencia de aprendizaje enriquecedora para todas y un recuerdo imborrable de Samarcanda, de Jiba y su mezquita del viernes, y de Bujará, tres lugares que nos han marcado durante nuestro viaje a Uzbekistán.
































