En una de las salas del Museo
Arqueológico de Huelva se ha expuesto la exposición “La Joya. Vida y eternidad
en Tarteso”. En esta ocasión, se han unido la Junta de Andalucía, la Fundación
Atlantic Copper (empresa pública/privada), que ha editado el catálogo con todas
las piezas expuestas, y la Asociación Arqueohuelva.
La exposición está dividida en
dos partes: la primera, centrada en el rito funerario y sus ajuares. La segunda
parte, centrada en el ajuar de la Tumba 17, destaca por la recreación
del carro tartésico y de la arqueta de marfil, ambas con piezas originales del ajuar.
En las costas de lo que hoy
conocemos como Andalucía se formó una serie de asentamientos, donde surgieron
los primeros núcleos urbanos que, en torno a sus territorios más cercanos, se
consolidaron como pequeños estados o centros de poder, siguiendo el patrón que
se extendía por todo el Mediterráneo, mientras se produjeron profundos cambios
sociales e ideológicos. Este episodio histórico y cultural es conocido como
cultura tartésica, término derivado de Tartessos, el nombre con el que los
griegos designaron esta remota región de occidente, situada en los confines del
mundo conocido.
Hubo una serie de ciudades como
Huelva, Cádiz y Málaga, así como los últimos hallazgos en Badajoz, que han
permitido obtener registros y propiciado un conocimiento más exhaustivo de esta
cultura.
Evidentemente, Huelva ha tenido
una importancia capital gracias a los hallazgos de 1945 y a su puerto,
estratégicamente situado para el comercio de metales. De ahí que en Huelva
surgiera una poderosa estrategia que adoptó modos de vida orientalizantes,
semejantes a los que se expandían por todo el Mediterráneo.
Las tumbas de la necrópolis de La
Joya nos revelan el esplendor cultural que alcanzaron estas comunidades
tartésicas hace 2700 años.
El primer resquicio de evidencia
de La Joya se produjo en 1945, cuando se dio paso al descubrimiento de la Tumba
1 y se llevaron a cabo las primeras excavaciones arqueológicas dirigidas por
los profesores Juan Pedro Garrido y Elena Orta. Debido a la importancia de los
hallazgos, los trabajos se extendieron entre 1966 y 1981. Más tarde, con nuevas
campañas, que han durado hasta la actualidad, fueron sacando a la luz nuevos espacios funerarios en la parte baja
del cabezo, compuestos por tumbas de cremación. Aunque tenían un menor tamaño y
riqueza, estas tumbas pertenecían a individuos de cierto rango en la comunidad.
La importancia de las
excavaciones de la necrópolis de la Joya radica en la riqueza de sus ajuares,
pero también constituye un testimonio para conocer las estructuras sociales de
las ciudades orientalizantes.
De todas las tumbas excavadas, la
Tumba 17, excavada en 1971, es la que mejor se ha conservado de la cultura
principesca tartésica y contenía un ajuar abundante y lujoso. Los dos
principales ritos empleados en el tratamiento de los cadáveres han sido la
inhumación y la cremación. El rito empleado en la tumba 17 fue la inhumación,
en la que se encontraron restos de un carro de dos ruedas y una gran cantidad
de vasos de cerámica, lo que atestigua un banquete funerario de gran magnitud.
También incluía una serie de objetos, como jarros, braseros, quemaperfumes, espejos,
broches de cinturón…
Del carro sólo se hallaron las
piezas metálicas, pero la Asociación Arqueohuelva ha realizado una réplica, con
el patrocinio de la Fundación Atlantic Copper, que refleja el símbolo de poder
de su dueño, quien posiblemente ostentaba una posición económica y social
dentro del grupo. El carro es un vehículo de gran complejidad en su estructura
y en su diseño. Llama la atención la cara de león de su tapaculo, así como que
los caballos utilizados para tirar del carro eran más pequeños y robustos que
los actuales, pero muy eficaces para el trabajo. Hay que decir que había un
segundo carro en la tumba 18, pero se ha conservado en muy mal estado y habría
contado con una ornamentación más elaborada.
La exposición centrada en el
ajuar de la necrópolis exhibe un total de 200 piezas que nunca se habían
expuesto al público. Estas piezas están fechadas entre los siglos VIII y V a. C.; en un pequeño espacio vemos el gran esplendor que tuvo la cultura tartésica.
La exposición está muy bien
diseñada en cuanto a la elección de piezas y la forma de exponerlas, por lo que
hay que felicitar a los comisarios Clara Toscano, Javier Jiménez Ávila y Raquel
Robles, y a todo el personal que ha intervenido, por los resultados
excepcionales que han conseguido al dar a conocer la vida, la muerte y la
eternidad de la vida tartésica. Visitar la exposición es una gran oportunidad
para conocer nuestro pasado. Los textos, los recursos visuales, la museografía, las ilustraciones, la conservación del patrimonio y el rigor científico avalan la muestra. Debido
al éxito de la exposición, permanecerá abierta hasta julio
de 2026, aunque, la verdad, debería convertirse en una exposición permanente.







