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martes, 22 de marzo de 2022

Los inicios de la Prehistoria: JUAN VILANOVA i PIERA

 

Juan Vilanova i Piera nació en Valencia en 1821 y murió en Madrid en 1893. Desde muy pequeño se inclinó por las ciencias. Podemos decir que fue un hombre polifacético y científico: se dedicó a diversas disciplinas, como la medicina, la geología y la paleontología; además, fue agrónomo y prehistoriador. Primero cursó la carrera de medicina, que compaginaba con la de Ciencias Naturales, que era más bien un complemento para comprender la primera. Prácticamente a los 25 años era médico, aunque nunca llegó a ejercer como tal, y se licenció en ciencias naturales.

De su ciudad natal se traslada a Madrid para cursar el doctorado en la Universidad Central (dicha institución era la Universidad de Madrid, que más tarde sería la Universidad Complutense de Madrid).  

En esta época, Vilanova ya sentía una verdadera inclinación por la geología. Se presentó a varias plazas de cátedra, pero no obtuvo ninguna; consiguió la de Oviedo unos años más tarde. Sin embargo, en vez de irse a Asturias, emprendió un viaje científico por toda Europa que duró varios años y le permitió relacionarse con los intelectuales de la época, sobre todo franceses, y participar en los foros de discusión científica más sobresalientes.

Juan Vilanova fue una de las piezas clave en la configuración de la arqueología prehistórica, que en aquellos años se iniciaba como disciplina científica. La noción de prehistoria se generalizó en los círculos académicos durante la segunda mitad del s. XIX. Los primeros países pioneros fueron Gran Bretaña, Alemania, Francia y los países escandinavos. Empezaron a fijarse en los materiales que se encontraban casualmente en minas, canteras y obras de ingeniería. El interés por el estudio de estos primeros momentos se centraba en la periodización de la prehistoria, la tipología de los materiales o la antigüedad de la especie humana. Vilanova, en España, fue un pionero esencial en el estudio de esta materia.

La amistad que fraguó con Mariano de la Paz Graells (quien llevó a cabo la primera excavación paleontológica en el yacimiento de San Isidro, concretamente de los restos de Elephas antiquus) le sirvió para que este le solicitara la plaza de la Cátedra de Geología y Paleontología en la Facultad de Filosofía de la Universidad Central.

Después de unos años de trabajo intenso aquí, redactó un “Manual de Geología” que se convertiría en un libro de texto para futuros estudiantes y descubrió una nueva especie, Cyclostoma vilanovanum; además, publicó “El Compendio de Geología”, en el que se describieron por primera vez en España los restos de dinosaurios. Estos trabajos le mantuvieron apartado de las nuevas corrientes que surgían en el resto de Europa.

Así, en 1864 sintió la necesidad de volver a viajar a Europa para tomar nuevos aires y retomar los contactos con sus colegas franceses. De esta forma, descubrió el avance que alcanzaban los estudios arqueológicos, principalmente los de prehistoria, a raíz de los hallazgos realizados en Francia y de las teorías de Charles Darwin.

A su vuelta, Vilanova formó parte de la comisión encargada de elaborar los estatutos de la Sociedad Antropológica Española, que ya existía en Francia.

Uno de sus rasgos más característicos era su constante estudio e investigación, lo que le llevaba a participar en casi todos los congresos internacionales que se convocaban, sobre todo los relacionados con la prehistoria, la geología, la antropología y la paleontología… Digamos que fue el científico más heterogéneo y el más internacional de su época.

Entre sus amistades se encontraba el gaditano Francisco Tubino y Oliva, quien se trasladó a Madrid y entró a formar parte de los círculos científicos y académicos más progresistas de la época. Se destacó por su labor en la divulgación de la prehistoria y, en este círculo, formó parte otro gaditano, Antonio Machado y Muñoz (el abuelo de los escritores Antonio y Manuel Machado).

Entre ellos, se fue forjando una amistad, impulsada por su pasión por la historia, y juntos asistieron al Congreso Internacional de Antropología Prehistórica, celebrado en Inglaterra en 1868. Pusieron en marcha la Sociedad de Antropología de Sevilla en 1871.

Juan Vilanova enseñaba geología y paleontología en Madrid. En 1872, publicó su obra Origen, Naturaleza y Antigüedades del hombre; puede decirse que fue el primer manual de prehistoria publicado en España. Es, más que nada, un reflejo de cómo se encontraban los estudios prehistóricos en aquella época, y realizó un estudio exhaustivo de los descubrimientos de la segunda mitad del s. XIX.

Junto a Tubino, viajaron por tierras andaluzas en busca de restos arqueológicos y paleontológicos. Recorrieron Suiza, Francia, Inglaterra, Escandinavia, Italia, Bélgica y Portugal para asistir a congresos, donde exponían los avances de los trabajos arqueológicos en los yacimientos descubiertos y, sobre todo, su colaboración en el progreso de la ciencia.

De estos viajes, nuestros investigadores volvieron con una rica colección de fósiles y útiles líticos, fruto del intercambio que realizaron con colegas de diferentes países, así como de la recogida de los yacimientos que visitaron, que pasó a formar parte de las nuevas salas de Prehistoria del recién estrenado Museo Arqueológico Nacional. Eran piezas procedentes de Almería, Jaén, Córdoba, Granada, Huelva, Asturias, Cataluña, Cantabria, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Madrid, Comunidad Valenciana, Extremadura y Murcia. De yacimientos europeos como Francia, Italia, Dinamarca, Gran Bretaña, Portugal, Suiza y la República Checa. Muchas de estas piezas fueron donadas por Vilanova al Museo Arqueológico Nacional y al Museo Nacional de Ciencias Naturales, y el resto de la colección fue vendido al MAN tras su muerte, pero no fue entregado hasta 1942.

La Real Academia de la Historia estuvo dirigida por el malagueño Antonio Cánovas del Castillo (1882-1897). Bajo su dirección se propuso llevar a cabo varias iniciativas, entre ellas la creación de una Historia de España, inexistente hasta entonces. Para este fin, se propuso encargársela a varios académicos de esta Institución. El investigador que más destacaba en la época en los estudios de prehistoria era Juan de Vilanova, quien pronunció un gran discurso sobre la prehistoria en 1889, año de su ingreso en dicha corporación. En 1892, junto al almeriense Juan de Dios de la Rada y Delgado, presentaron el volumen Geología y Protohistoria Ibéricas, que formaría parte del primer volumen de la Historia de España, escrita por académicos de dicha Institución.

Esta obra salió adelante a pesar de los múltiples problemas que presentaban estos estudios en su época, como la escasez de registros y de medios, y la falta de una metodología de estudio.

A modo de conclusión, cabe decir que el profesor Juan Vilanova i Piera sentó las bases de una serie de premisas que le han valido para ser uno de los pioneros de la prehistoria en nuestro país. Podemos considerarlo un hombre adelantado a su época, que tuvo que enfrentarse a los prejuicios religiosos de su tiempo, pero supo adoptar una posición intermedia entre concepciones discrepantes, como el evolucionismo y el creacionismo.

Otro de sus grandes esfuerzos fue demostrar la autenticidad de las pinturas de Altamira. Tuvo que desafiar a toda la comunidad científica, con el eminente Émile Cartailhac a la cabeza, de la que se vio obligado a retirarse.

Vilanova mantenía la existencia de una Edad del Cobre, de origen indígena, anterior a la Edad del Bronce. Otra de sus tesis era la existencia de una época intermedia entre el paleolítico y el neolítico, que él denominó mesolítico. A pesar de ser poco conocido, fue una de las celebridades más prestigiosas de la prehistoria en la segunda mitad del s. XIX, y un gran investigador y divulgador de los yacimientos valencianos de aquella época. Empleó todos los medios de divulgación a su alcance para difundir sus descubrimientos, conocimientos e ideas.

El año pasado se cumplieron 200 años de su nacimiento. La Diputación de Valencia y el Museo de Prehistoria de Valencia han organizado una exposición para dar a conocer su legado. Esta muestra ha sido articulada en torno a cuatro ámbitos de su vida. El fondo documental y bibliográfico de Juan Vilanova en el Museo de Prehistoria de Valencia es excepcional, pues reúne libros de reconocidos investigadores del s. XIX, que formaban su biblioteca particular, manuscritos originales, correspondencia, cuadernos de campo, dibujos…

Esta exposición puede visitarse hasta junio de 2022.

 

Referencias:

-        Vilanova y Piera, J., 1872: Origen, Naturaleza y Antigüedades del Hombre. Imprenta de la Compañía de Impresores y Libreros del Reino. Madrid.

-       Vilanova y Piera, J., 1880: El Congreso internacional de Antropología y Arqueología prehistóricas. Anales de la Sociedad de Historia Natural, Actas, IX, pp. 80-86.

-      Vilanova y Piera, J., y Cánovas del Castillo, A., 1889: Discursos leídos en la Real Academia de la Historia. Madrid.

-       Ayarzaguena Sanz, M., 1990: “Orígenes de la arqueología prehistórica en España”. Revista de Arqueología, n.º 105, pp. 16-24.

-         Deamos, María Belén.1992: “Francisco María Tubino y la arqueología prehistórica en España”. Spal Monografías III. Universidad de Sevilla.

-P   - Pelayo López. F., y Gonzalo Gutiérrez, R., 2012: Juan Vilanova i Piera (1821-1893), la obra naturalista y prehistoriador valenciano. Valencia: SIP del Museo de Prehistoria de Valencia.

-       Pelayo F., 2020: “Orígenes y circulación de las colecciones de prehistoria en los museos de Madrid”. Aulas, Museos y Colecciones, 7, pp 77-90


Cuaderno de campo






jueves, 22 de agosto de 2019

PIONERAS EN ZOOARQUEOLOGÍA: Dorothea Bate.



Dorothea Bate

Hoy voy a hablar de una mujer que ha marcado un antes y un después en la historia de la arqueozoología y que, además, es pionera en este campo. Merece toda nuestra admiración por su valor al lograr su sueño.
Su vida comienza en 1878, en una pequeña población de Gales llamada Carmarthen, donde nace Dorothea Minola Alice Bate. 
Lo hace en medio de una sociedad en la que, tras una revolución industrial, los obreros consiguieron que se aprobara el derecho a la huelga y se implantara un sistema de sanidad pública, y en la que las mujeres desempeñaban parte del servicio doméstico.
Su infancia fue de lo más inquieta y extrovertida que se puede imaginar en una niña de su edad. Su padre le transmitió un amor por la naturaleza, que ella desarrolló a través de la curiosidad y la observación. 
Estas cualidades fueron forjando su capacidad y su admiración por los animales y las plantas. Haber nacido en un pueblo pequeño le permitió moverse por sus alrededores y así dibujar todo cuanto le llamaba la atención en plena naturaleza.
Nunca llegó a cursar estudios de ciencias naturales; sin embargo, su hermano, al ser varón, sí pudo hacerlo, al igual que su hermana, quien cursó estudios de música, una afición muy aceptada entre las mujeres de la época. Pero ella tuvo que desarrollar sus conocimientos de forma autodidacta.
En 1898, su familia tuvo que trasladarse a Gloucestershire, una zona muy caliza donde proliferan las cuevas, lo que la llevó a interesarse por la paleontología. Su inquietud y sus ganas de ampliar sus conocimientos la llevaron hasta el mismo Londres, donde se presentó en el Museo de Historia Natural y le pidió a su director,  el Dr. Richard Sharpe, un puesto. Este no pudo negarse tras descubrir el conocimiento que poseía sobre la taxonomía de las aves y le dieron el puesto de clasificadora de aves.
A los 22 años publicó su primer artículo en el Geological Magazine, titulado “Breve informe sobre los huesos del Carbonífero de las cuevas de caliza de Wye Valley”, en el que realizó un estudio de los roedores que habitaron la cueva Merlin, que descubrió durante sus escapadas a la naturaleza en Gloucestershire.
Se trata de un estudio sobre 15 especies de mamíferos y aves del Pleistoceno. Dorothea recibía el apoyo de sus compañeros paleontólogos, quienes la animaban a seguir investigando.
En busca de nuevos registros y fósiles, se marchó a las islas de Chipre, Creta y las Baleares, donde descubrió numerosos restos fósiles de especies ya extintas, algunos de los cuales eran nuevos para la ciencia, por lo que sus hallazgos se difundieron por todas partes.
Desde 1901 hasta 1911, estuvo en Creta y Chipre, donde encontró un variado registro fósil que incluía varias especies endémicas de la región, entre ellas elefantes y hipopótamos enanos, que hasta entonces no eran conocidos por la ciencia (Elephas cypriote, Elephas creticus, Hippopotamus minutus), y una serie de ciervos (Cervus cypriotes).
En su estudio, Dorothea observó que este rango de diferenciación de tamaño era una constante en el aislamiento de las faunas de las islas y que influía en varios grupos de mamíferos.
Todos sus viajes y excavaciones los realizaba sola. Sólo se valía de guías locales para que la acompañaran y, en algunos casos, realizaran la parte más pesada de la excavación. 
Realizó muchas intervenciones en cueva y en roca; cuando esta era muy dura, se valía de pólvora o dinamita para deshacerse de las partes complicadas; ambos métodos eran aceptados en la época.
Durante sus viajes por el Mediterráneo, recolectaron más de 200 especies de aves, mamíferos e insectos. Estos animales los enviaba al museo para que formaran parte de sus colecciones.
En 1909, su colega zoólogo Aschington Bullen, que estudiaba la malacología de Mallorca, le comunicó que en la zona de levante de la isla había una brecha con restos óseos. Cuando extrajeron los restos, se dieron cuenta de que se trataba de una especie y un género nuevos para la ciencia, a los que Bate les dio el nombre de Myotragus balearicus (una especie de cabra de pequeño tamaño), además del lirón gigante de Mallorca (Hypnomys morpheus) y de restos de tortugas gigantes.
El Myotragus es un animal que se extinguió hace unos 5.000 años a.C. Éste coincidió con la llegada de los primeros pobladores a las Baleares, quienes lo cazaron para alimentarse y luego lo domesticaron.
La arqueóloga Dorothy Garrod (de la que hablé en otro post) tuvo noticias de los descubrimientos de Bate y, en 1929, se encontraba excavando en las cuevas de Wadi el Mughare, en el Monte Carmelo (Israel), y le envió su registro faunístico para que lo catalogara.
A raíz de estos trabajos, empezaron a investigar conjuntamente en varios proyectos y encontraron restos fósiles de 54 especies diferentes, entre ellas cerdos, ciervos y gacelas, incluidos los artiodáctilos Dama mesopotámica y Gazella. 
Estos registros sirvieron para que Bate elaborase una tabla Dama-Gazella que, debido a sus características, se utilizó en los trabajos de campo para determinar cambios climáticos en registros de cueva con hábitat.
En 1934, el departamento de Antigüedades de Palestina le pidió que llevara a cabo un estudio de fragmentos óseos fósiles, y ella los catalogó como restos de los primeros elefantes que existieron fuera de África, el Elephas planifrons, así como de rinocerontes, tortugas gigantes y del caballo primitivo Hiparión.
Bate está eufórica de alegría por estos acontecimientos, que llegaron a los oídos del paleontólogo James Starkey, quien solicitó estas excavaciones  y que, evidentemente, tenía preferencia por la diferencia de género en la época. Bate se tuvo que resignar a ser colaboradora de Starkey y trabajar junto a él. Pero a Starkey lo asesinaron cuando iba a inaugurar el Museo Palestino de Arqueología; ante la inestabilidad en la zona, Bate volvió a Londres. Se avecinaba la Segunda Guerra Mundial.
Bate llevó a cabo una actividad científica bastante intensa, que tuvo que costear con su donación personal, algo muy común en la arqueología de todo el s. XX. A pesar de todo, el trabajo de investigación que realizó para la ciencia nunca le permitió ingresar ni formar parte del personal científico del museo, privilegio que sólo se atribuía a los hombres. Las mujeres lo disfrutaron a partir de 1928. Sin embargo, todo el trabajo realizado por Dorothea, en especial el registro hallado en las cuevas del Mediterráneo, facilitó el avance de la zooarqueología.
Cuando Dorothea tenía 70 años, fue nombrada directora del Museo de Historia Natural de Tring (a 50 km de Londres). Murió en 1951.
Pero su trabajo sigue vivo y, en 2017, la Sociedad Cívica de Carmarthen, su lugar de nacimiento, le ha colocado una placa azul dedicada a su labor renovadora en el campo de la paleontología. 
Y en 2018, la Dirección Insular de Igualdad en Mallorca descubrió un busto de Dorothea en la isla tras el hallazgo de Myotragus.
Desde principios de siglo, los estudios sobre la fauna de Baleares han sido realizados por el Grupo de Paleontología del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA), bajo la dirección del doctor Joseph Antoni Alcocer.

Referencias:

-Alcocer, J. A. Y. Bover, P (2005): Proceedings of the International Symposium “Insular vertebrate evolution: the palaeontological approach”. Monografies de la Societat d´Històrie Natural de les Baleares, 12.

-Shindler, K. (2007): Un conocimiento único: la vida de la exploradora y paleontóloga Dorothea Bate (1878-1951).

-Flaquer, M. (2012): Homenaje a Dorothy Bate. Capdepera.

-Emily Osterloff (2018): Dorothea Bate: a Natural History Museum pioneer.


Dorothea Bate en una excavación en Belén con un trabajador. Imagen MHN.

Foto del Departamento de Geología del Museo de Historia Nacional (1938). Bate está sentada a la derecha en la foto. Imagen del MHN.

Diente de elefante . Imagen MHN.

Cabeza de Myotragus balearicus.


Busto en honor de  Dorothe Bate, en Mallorca.




domingo, 2 de diciembre de 2018

NUESTRAS PIONERAS EN ARQUEOLOGÍA: Concepción Blanco Minguez




Concepción Blanco Mínguez. Foto cedida por D. Francisco Giles Pacheco

Hoy vamos a hablar de una pionera de la arqueología española que desarrolló su trabajo en la provincia de Cádiz, la ciudad más antigua de Occidente, que alberga un rico patrimonio cultural.
Se trata de Concepción Blanco Mínguez, la primera mujer en ocupar la plaza de directora del Museo Provincial.
Nació en Alcalá de Henares (Madrid) en 1907, pocos años después de que el gobierno aprobó una resolución que permitía a las mujeres cursar estudios universitarios. Por lo que no tuvo problemas para cursar estudios de Filosofía y Letras en la sección de Historia de la Universidad de Madrid y se licenció en 1930.
La salida de esta carrera era opositar al Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Museos para ejercer la arqueología profesionalmente. Normalmente, todas las mujeres que accedieron por esta vía no habían tenido contacto con una excavación, ya que dicha actividad estaba vedada a las mujeres. Pero en 1932 obtuvo la plaza definitiva como directora del Museo Arqueológico Provincial de Cádiz y, en ese puesto, tenía incluida la de inspectora de excavaciones en toda la provincia.
Pero cuando llegó Concepción, se encontró con un museo en muy mal estado; no fue hasta 1935 que ella tramitó su traslado al edificio de Bellas Artes en la Plaza Mina.
El museo, a lo largo de todos estos años, sufrió múltiples varapalos, por lo que tuvo épocas en que permaneció cerrado y otras en las que abría sus puertas, pero la falta de medios impedía el avance de los trabajos.
Las labores que se realizaban en cualquier museo durante esta época eran la catalogación, el inventariado, el registro del material y la clasificación de la biblioteca.
Cuando llegó a Cádiz, lo hizo con la idea de pedir pronto traslado a Madrid, pero esa ilusión la desechó al contraer matrimonio y formar una familia, lo que en ese momento le dio la estabilidad que la llevó a jubilarse en esta ciudad. Esto sucedió en 1977, pero no dejó su cargo hasta que se incorporó su sustituto, Ramón Corzo Sánchez, unos dos años después.
Se retiró a vivir en Madrid y no volvió a Cádiz hasta 1994, cuando fue invitada por R. Corzo tras el hallazgo del sarcófago antropoide femenino. Murió en 1994, a los 87 años. Desde entonces ninguna mujer ha vuelto a ocupar la dirección de este museo.
Del trabajo realizado por Concepción, hay que destacar la labor de innovación que llevó a cabo tanto en los criterios museográficos como en la exposición de las piezas. 
Una mujer con una gran capacidad de trabajo y una mente muy avanzada para su tiempo, que supo compaginar su labor museográfica con labores de excavación de campo. Para ello, se rodeó de un grupo de colaboradores en quienes confiaba y a quienes daba la oportunidad de avanzar y formarse, entre ellos: Martín Almagro, Francisco Giles Pacheco, J. Ramón Ramírez, Antonio Sáez y Carlos Fernández Llavré. Ellos ayudaron a Concepción con las tareas de investigación que tenía que realizar y que, por su edad, le resultaban pesadas. También dotó a sus ayudantes de credenciales que les permitían asistir a las obras y recuperar todo tipo de vestigios.
Sin duda, supo elevar la categoría de un museo provincial a los primeros niveles de su tiempo y revitalizar la arqueología gaditana como uno de los puntos de primer orden de la época.
Por eso, nuestro HOMENAJE a esta gran mujer, que supo ganarse el cariño de la población gaditana, de la que recibió multitud de donaciones de piezas, dotando así al museo como centro de conocimiento de su pasado.

Referencias:

-Concepción Blanco Mínguez, in memoriam (1994). Boletín del Museo de Cádiz.
-El Museo Arqueológico de Cádiz (1943). En Revista Geográfica Española, 13.




miércoles, 18 de abril de 2018

NUESTRAS PIONERAS EN ARQUEOLOGÍA: María Braña de Diego.



                        María Braña. Foto de Internet

María nació en Madrid en 1912, buen año si tenemos en cuenta que en 1910 se aprobó una resolución que permitía a las mujeres cursar estudios universitarios. La carrera predilecta por las mujeres en aquella época era Filosofía y Letras, porque ofrecía más salidas y te habilitaba para la enseñanza primaria y media en institutos y escuelas; también te daba acceso al Cuerpo de Archiveros, Bibliotecas y Arqueología.
Cuando llegó el momento de cursar sus estudios, María optó por desarrollar su carrera profesional en el ámbito de la investigación arqueológica, gracias al viaje de estudios que realizó en el “Crucero universitario por el Mediterráneo” de 1933
El buque se llamaba Ciudad de Cádiz y recorrió durante 48 días los principales yacimientos arqueológicos del litoral mediterráneo. La nueva forma de enseñanza fue todo un estímulo en aquella época; así se rompió con la metodología tradicionalista y con las clásicas lecciones magistrales. Ella decide estudiar filosofía y letras en la Universidad Complutense de Madrid. Fue profesora en el mismo instituto en el que había cursado sus estudios, el Instituto Escuela.
Al inicio de la Guerra Civil, ejerció  como maestra en un colegio de niños huérfanos en Caspe; escapó con ellos a pie hasta Cataluña para ponerlos a salvo de las tropas franquistas y entregarlos a las autoridades republicanas. 
En este instituto hubo una serie de profesoras sancionadas por el régimen. En concreto, María fue inhabilitada como maestra, pero posteriormente pudo reorientar su carrera profesional en la posguerra como conservadora de varios museos.
Así, en 1945, ingresa en el cuerpo de Facultativos de Archiveros Bibliotecarios y Arqueólogos, con destino provisional al Museo Arqueológico Nacional. 
En 1946, se traslada a los Archivos Históricos de la Delegación de Hacienda de Segovia y, posteriormente, pasa a ser directora de Hacienda de Segovia y, después, directora del Museo Arqueológico de Toledo.
Desde 1950 hasta 1971, trabajó en el Museo Arqueológico Nacional. Y también presidió, en esta época, la Asociación Española de Mujeres Universitarias.  
En los últimos años de su carrera profesional se dedica al Museo del Pueblo Español de Madrid.
Desde Algo más que huesos se quiere rendir un pequeño homenaje a todas estas mujeres que fueron pioneras en una profesión difícil como la arqueología, para que su esfuerzo no quede en el olvido. En el caso de María, si leemos su biografía, consta que fue arqueóloga, maestra y conservadora de museos. Dicho así, estas profesiones suenan bastante polifacéticas e incluso con cierto romanticismo, pero la realidad fue muy distinta: le tocó abrirse camino en un mundo hostil, ante todas las adversidades que conlleva una guerra civil y las represalias que ello implica cuando defiendes las libertades.  Por eso, María Braña siempre consideraba que la educación era la mejor arma para combatir la ignorancia y abrirse paso hacia el progreso.
 



miércoles, 4 de octubre de 2017

LA NOCHE EUROPEA DE L@S INVESTIGADOR@S

El viernes 29 de septiembre se ha celebrado en Cádiz "La noche europea de los investigadores y de las investigadoras". Este evento se viene celebrando desde hace 6 años consecutivos en todas las capitales de Andalucía y de España, y tiene cabida para más de 300 investigadores, coordinados por la UCA, en el que se han desarrollado más de 60 actividades.
Esta serie de encuentros de divulgación científica fue promovida por la Comisión Europea en el marco del proyecto Marie Skłodowska-Curie del programa Horizon 2020 y se celebra desde 2005 en más de 250 ciudades de Europa.
El  objetivo de la Noche Europea de los Investigadores es acercar la ciencia a la sociedad en general y, especialmente, a los más pequeños, mediante diferentes talleres, microencuentros, experimentos y exposiciones… Para ello, se ha contado con la instalación de diversas carpas en las que los equipos han expuesto sus trabajos.
Nosotros hemos contado con la carpa bajo el lema  “Somos  arqueólogos”, de la asociación ASPHA (Asociación Profesional del Patrimonio Histórico-Arqueológico de Cádiz), donde los diferentes asociados, coordinados por la presidenta Esperanza Mata Almonte, hemos expuesto nuestros trabajos, se han visionado los trabajos de investigación y las diferentes intervenciones arqueológicas que se han desarrollado en los últimos años, así como, talleres y demostración de la tecnología aplicada a la arqueología; y donde el público ha participado con bastante interés.
Decir que este macroevento está muy bien diseñado y que los ciudadanos han tenido la oportunidad de participar en todos los programas científicos que se han venido celebrando en Cádiz, disfrutando de la ciencia con una amplia programación en todos los niveles. Evidentemente, con esta programación se ha registrado una excelente participación del público en general.



Hemos contado con un excelente equipo de voluntariado de la UCA.





Zona de microencuentros científicos.



domingo, 11 de diciembre de 2016

NUESTRAS PIONERAS EN ARQUEOLOGÍA: María Encarnación Cabré Herreros.

María Encarnación Cabré fue una pionera en el mundo de la arqueología, aunque podemos decir que se crió entre cerámicas, vasijas, molinos y todo tipo  de registros arqueológicos, ya que era hija del prestigioso arqueólogo Juan Cabré, lo que le dio la oportunidad de estar en contacto con excavaciones desde una edad muy temprana, además de un bagaje de conocimientos  que  fue forjando una vocación por esta especialidad.
Corría el año 1911 cuando nació M.ª Encarnación, en una época en la que el panorama laboral para la mujer era casi inexistente; en esa época, las únicas salidas laborales que tenían las mujeres eran el magisterio, los archivos y las bibliotecas; será esta última la que le abrirá las puertas a la mujer para  acceder a la arqueología. Pero M.ª Encarnación ya desde pequeña acompañaba a su padre a las excavaciones, era su más estrecha colaboradora, realmente participó en varias campañas que se realizaron en el Castro de Las Cogotas (Cardeñosa, Ávila) y en la necrópolis de La Osera; de hecho, realizaba multitud de dibujos de las piezas recuperadas de una excelente calidad y siempre tomaba notas in situ, en su cuaderno de campo, sobre los trabajos que se realizaban en las excavaciones en el día a día.  Con apenas 18 años, ya participó en el IV Congreso Internacional de Arqueología, celebrado en Barcelona en 1929, presidido por Mélida y con Bosch Gimpera como secretario; allí presentó, junto a su padre, una comunicación sobre la cerámica de Cogotas.
Para ello, estudió Filosofía y Letras, sección de Historia, en la Universidad Complutense de Madrid, que finalizó en 1932. Ya antes de terminar la licenciatura, participó en el XV Congreso Internacional de Arqueología y Antropología Prehistórica, celebrado en Portugal, donde presentó un estudio sobre la cerámica peninsular. También sustituyó a su padre en la excavación de Alcalá de Azaila (Teruel), sin haber terminado aún sus estudios. Al finalizar su licenciatura, se matriculó en los cursos de doctorado. Para ello, solicitó una beca de la Junta Superior de Ampliación de Estudios de Madrid, con la que pudo asistir a cursos en las universidades de Berlín y Hamburgo, donde cursó prehistoria y etnografía. En esta época obtuvo una beca para participar en un crucero por el Mediterráneo (para realizar prácticas de arqueología) y, a su regreso, obtuvo un puesto como profesora ayudante en el departamento de Arte de la Universidad Central.
Viajó por varios países para impartir conferencias y recopilar información para su tesis doctoral, que no llegó a terminar; entre ellos se encontraban Marruecos, Alemania, Francia, Austria, Italia, Checoslovaquia y Suiza. Quizás uno de sus trabajos más reconocidos fue el que realizó en la cueva de los Casares, en Riba de Saelices (Guadalajara), donde realizó grabados de arte rupestre paleolítico y los dio a conocer tanto en Inglaterra como en Alemania y en Bruselas, durante el XVI Congreso Internacional de Antropología.
Su trabajo más meritorio fue el de salvaguardar el patrimonio artístico que teníamos en el Museo Nacional durante la Guerra Civil Española. Durante este periodo, M.ª Encarnación se quedó en Madrid con su padre (que rechazó la propuesta de trasladarse a Valencia cuando estalló la propuesta), quien, a aquella fecha, era director del Museo Cerralbo. La guerra afectó negativamente la vida de Encarnación porque tuvo que abandonar su labor de investigación y su labor pública, que había desempeñado hasta ese momento. En 1939 contrajo matrimonio y tuvo ocho hijos. La vida familiar y los acontecimientos políticos que la rodeaban, unidos a la muerte de su padre y la de una de sus hijas, fue mermando poco a poco la vida laboral tan fructífera que había llevado; aunque nunca se separó totalmente de la Arqueología, así, mandaba trabajos a la revista de Guimaraes y a revistas de Prehistoria españolas, así como, a congresos; pero siempre con el objetivo de mantener vivo el nombre de su padre que había fallecido en 1947.
Cuando uno de sus hijos, Juan Antonio, terminó la Licenciatura en Filosofía y Letras, Encarnación retomó poco a poco sus estudios arqueológicos y colaboró con su hijo en dichos trabajos.

Referencias:  

 - Baquenado Beltrán, I., 1993: “Encarnación Cabré Herreros. La primera mujer en la arqueología española”. Revista de Arqueología, 146. 
 
Encarnación sentada junto a una vasija hallada en el Cerro del Castillo (Cardiñosa, Ávila), 1928. Foto: Ministerio de Cultura. Fototeca del Patrimonio Artístico Archivo J.Cabré.

Encarnación tomando notas sobre un hallazgo en la necrópolis de La Osera. Foto: Ministerio de Cultura. Fototeca del Patrimonio Artístico Archivo J. Cabré

Encarnación, en la necrópolis del castro de Las Cogotas (Cardiñosa, Ávila) 1927. Foto: Ministerio de Cultura. Fototeca del Patrimonio Artístico Archivo J. Cabré.


miércoles, 20 de abril de 2016

MARY ANNING: Un pilar fundamental de la Paleontología.



Podemos definir la vida de Mary Anning como cautivadora, pero a la vez desgarradora, debido a la cantidad de injusticias que tuvo que soportar por parte de la comunidad científica de su época, basadas principalmente en dos estigmas: ser mujer y pertenecer a una clase social baja o trabajadora.
Nació en 1799, en el seno de una familia muy humilde. Su padre se dedicaba a la ebanistería y, en sus ratos libres, buscaba fósiles para venderlos a los turistas en el sur de Inglaterra. Con 11 años, se quedó huérfana de padre y decidió dedicarse a buscar fósiles como medio de subsistencia, junto a su hermano Joseph.
Para comprender las vicisitudes por las que pasó esta mujer, debemos situarnos en la coyuntura social del momento en que murió su padre. En Gran Bretaña imperaba la teoría creacionista; es decir, la religión marcaba las directrices de la vida. La Biblia era el único texto que se utilizaba para interpretar cualquier acontecimiento que surgiese en el entorno. Pero ya se iban alzando voces a favor de una teoría evolutiva propuesta por Lamarck. También surgen los planteamientos de R. Owen sobre la presencia de los dinosaurios en la Tierra. Hay que decir que los dinosaurios estuvieron presentes en la Tierra durante más de 150 millones de años y que podemos agruparlos en diferentes categorías, tamaños, etc.; es decir, su diversidad era formidable, pero hasta el siglo XIX no se habían encontrado restos fósiles de estos animales.
La presencia de estos restos fósiles se la debemos a la búsqueda incansable de Anning, quien contribuyó a dilucidar las hipótesis planteadas por algunos científicos. También hay que destacar los trabajos del anatomista Georges Cuvier, quien acuñó el término “extinto”.
Mary Anning vivía en Lyme Regis (en el sur de Gran Bretaña), ajena a todos estos acontecimientos que surgían en el mundo de la ciencia; ella sólo deseaba buscar fósiles. En su zona era conocida como “la buscadora de fósiles”. Solía salir después de los días de lluvia y cuando la pleamar bajaba para adentrarse en los acantilados, que, debido a los golpes de las olas contra las rocas jurásicas, provocaban que estos fósiles se desprendieran y cayeran. En un principio, Annig sólo encontraba animales pequeños y piezas sueltas hasta 1820, cuando encontró su primer esqueleto de plesiosaurio; también encontró el primer esqueleto completo de ictiosaurio, hasta entonces desconocido, y Dapedium politum, un pez que vivió durante el Triásico y el Jurásico.  Annig sólo gozaba de una preparación en educación básica que le sirvió para comunicarse con los geólogos de la época, como G. Cuvier, William Buckland y H. de la Beche.
Todo lo que Mary Annig aprendió fue de forma autodidacta; sus inquietudes y la falta de medios la impulsaban, día a día, a superarse. Así, consiguió aprender francés para poder leer los artículos de Cuvier, o bien hacía disecciones de animales para conocer su anatomía, y poco a poco se convirtió en una excelente anatomista e ilustradora de los fósiles que encontraba. Fue conocida en todo el mundo.
Sus descubrimientos llegaban a todas partes. El coleccionista de fósiles Thomas Bierch viajó hasta Regis para visitarla y ver sus hallazgos y descubrió la precaria situación económica en la que vivían. Les quiso ayudar organizando una subasta de fósiles para la comunidad de coleccionistas que imperaba en la época. Así, Anning pudo abrir una tienda y vender sus fósiles.
Con el correr del tiempo, Anning fue ganándose el respeto de la comunidad científica y llegó a tener un conocimiento más avanzado que el de muchos de ellos, pero nunca le otorgaron su nombre a ninguno de los fósiles que ella encontró, a pesar de que la mayoría de ellos se encuentran en museos y colecciones privadas.
En vida, nunca recibió nada de la Sociedad Geológica de Londres, a pesar de su gran contribución al conocimiento científico.
Cuando murió su madre, tuvo que vivir sola y enfermó muy joven de cáncer de mama; debido a la cantidad de fármacos que tomaba, le atribuyeron el consumo de alcohol. Murió con sólo 47 años.
Al morir, científicos y coleccionistas borraron su nombre de los libros que acreditaban que ella era la autora de dichos hallazgos.
Anning nunca entendió el comportamiento tan tonto de sus compañeros. Aunque siempre fue consciente de que fue utilizada y esgrimida por la comunidad científica. 
Destacar la figura de Mary Anning, cuyos descubrimientos fueron esenciales para la reconstrucción de la historia de los seres vivos; además, fue una de las fundadoras de la ciencia geológica y de la especialidad moderna que hoy conocemos como paleontología. Su aportación al conocimiento de esta disciplina científica fue excepcional y sirvió de cimiento para lo que posteriormente sería la teoría de la extinción de las especies y, sobre todo, para la teoría de la evolución por selección natural.











miércoles, 16 de diciembre de 2015

JACQUES BOUCHER DE PERTHES: su aportación a la Arqueología.






Jacques Boucher de Crèvecoeur,  nacido en Perthes, de ahí que sea conocido como J. Boucher de Perthes, es un erudito francés que cultivó varios géneros literarios y, además, se interesó por la arqueología y la antropología. Para comprender mejor su obra, nos vemos obligados a remitirnos al s. XIX y su contexto sociopolítico e ideológico para comprender su pensamiento aperturista.
J. Boucher llega a Abbeville en 1802 como agente de aduanas. En esta época, esta ciudad está en plena expansión constructiva, tanto de obras civiles como de obras militares, promovida por una sociedad burguesa y aristocrática. Para acometer  estas obras se necesitaba una gran cantidad de materiales, como la extracción de tierras de sus alrededores, donde abundaban las turberas. Debido a la buena conservación de los materiales que aparecían en estas turberas, varios investigadores se desplazaron al lugar para observarlos; entre ellos se encontraba Casimir Picard, quien se estableció en Abbeville en 1829 como médico rural y, como muchos de su profesión, tenía afición por la historia natural, así como  intereses coleccionistas. Esta afición por las piedras le lleva a ser  uno de los primeros en ofrecer un análisis tecnológico y tipológico de las herramientas prehistóricas, tanto de piedra tallada como de piedra pulida.
A través de su trabajo empírico realizado en las graveras del Somme (Francia), Picard llegó a establecer los fundamentos de la tecnología lítica, sin entrar a valorar el contexto histórico-cultural en el que esta aparecía.
Podemos decir que Picard es quien inicia la recogida de materiales de las conocidas “Antigüedades celtas” en las turberas del valle del Somme. Este valle se sitúa en el norte de Francia y es de edad cretácica; es uno de los sitios clave para el estudio de la secuencia del Cuaternario, ya que cuenta con estratos ricos en sílex y, además, ha albergado numerosos yacimientos paleolíticos.
Pero corrían los años de 1830 y Europa se debatía entre dos ideologías contrapuestas sobre el origen de los seres vivos. Por un lado, estaban los de la corriente evolucionista, que consideraban que los seres vivos cambian en respuesta a las condiciones ambientales; y por otro, los fijistas, que sostenían que los seres vivos no han cambiado desde su creación.
J. Boucher estaba muy concienciado de las diferentes corrientes de pensamiento, más que nada por la influencia de su padre, que era botánico y conocedor de las teorías defendidas por Darwin sobre los humanos antidiluvianos; este interés le llevaba a recopilar material  en su tiempo libre; así  fue forjando sus habilidades como arqueólogo y geólogo. Por medio de la observación de los registros, principalmente herramientas de sílex, que iban asociadas a una colección de restos fósiles de huesos de mamíferos ya extintos, llega Jacques a determinar, que los personajes que fabrican las herramientas eran contemporáneos de los animales que se registraban en las graveras de la zona,  con estos argumentos escribe la obra: “Antiquités Celtiques et Antédiluviennes” (antes del diluvio), recogidas en tres volúmenes y publicadas en 1849, 1857, y 1864.
Esta obra, podemos decir, fue la primera en incluir la existencia humana en la etapa final del Pleistoceno; sin saberlo, J. Boucher estableció las bases de lo que posteriormente sería la prehistoria.
Antes de terminar su obra, Jacques envió una copia del primer volumen a la Academia de las Ciencias, pero no recibió el apoyo ni la aprobación científica que Perther esperaba, principalmente por la falta de registros de restos antropológicos, imprescindibles para llegar a tales afirmaciones, y por la falta de rigor en los dibujos presentados; sin embargo, en 1849 la publicó, ajeno a todas las críticas de la Academia.

Pasaron unos años de controversias, por la falta de consenso entre los especialistas y porque los acontecimientos ocurrían en una sociedad en la que la única referencia que se tenía acerca del origen del hombre eran los escritos bíblicos. Pero a partir de 1859 se publicó El origen de las especies, de Darwin; las hipótesis de J. Boucher fueron cada vez más aceptadas por un grupo de científicos,  encabezado principalmente por Charles Lyell; de esta forma, las teorías de Boucher fueron adquiriendo mayor popularidad.
En 1863, Jacques descubrió el yacimiento de Moulin Quignon, que presentaba una asociación entre industria lítica y restos de animales extintos (elefantes, rinocerontes, etc.). Pero en esta época, los obreros que trabajaban en las canteras cobraban una recompensa por facilitar material a coleccionistas y aficionados, y vieron una buena ocasión para obtener una buena prima, por lo que extrajeron una mandíbula de un cementerio cercano y la colocaron en la gravera donde J. Boucher estaba excavando. Este hallazgo permitía determinar que el hombre actual había vivido en aquella región en tiempos remotos.
Ante tales decepciones y astucias, Jacques da un giro a sus investigaciones  y decide estar presente en la excavación y llevar un control más exhaustivo de los análisis de los diferentes estratos que iban apareciendo. De estos resultados vemos cómo, en su obra, llegó a formular lo que sería la estratigrafía arqueológica, en la que estableció una correlación entre los diferentes estratos y la edad de los hallazgos.
Estos acontecimientos marcaron el devenir de la ciencia prehistórica. Gracias a investigadores como J. Boucher y a sus contemporáneos, se establece un sistema  cronológico cultural que será conocido como la Edad de Piedra, la Edad de Bronce y la Edad del Hierro, que se convertirá en la primera clasificación sistemática que marcará las bases de la documentación arqueológica.
En general, podemos decir que con  J. Boucher, Ch. Darwin, G. Vallance, E. Haeckel y T.H. Huxley iniciaron los debates científicos entre antropólogos conservadores y liberales, así como la utilización de nuevas metodologías aplicadas a la ciencia prehistórica. También se fue abriendo paso hacia un tipo de análisis más científico, en el que los estudios sobre el origen del hombre se apoyaron más en la geología y la paleontología. Con él, el estudio de los registros fósiles de animales, así como la industria lítica, adquieren un contexto sociocultural y sitúan a los seres humanos en el Pleistoceno y en los principios del periodo Cuaternario. Por todo ello, a J. Boucher se le ha considerado el padre de la prehistoria, por haber llamado la atención del mundo científico sobre los registros fósiles y por haberles dado un contexto arqueológico.




Dibujo de un perfil estratigráfico extraído de Antiquités.