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viernes, 8 de noviembre de 2019

LA PRIMERA TRAMPA REGISTRADA PARA CAZAR MAMUTS.


En el municipio de Tultepec, Estado de México, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) ha encontrado restos de unos catorce mamuts, con una antigüedad de 14.700 años.
El arqueólogo Luis Córdoba Barrado, del INAH, asegura que se trata de un lugar de cacería donde, durante el Pleistoceno, se excavó una serie de trampas para apresar a estos animales.
Se ha determinado que son trampas artificiales debido a la espectacularidad del nivel geológico, ya que los estratos presentaban “cortes verticales”, lo que sugiere que el lugar había sido acondicionado previamente. 
Se trata de dos fosas con paredes a unos 90 grados, de 1,70  metros de profundidad y 25 metros de diámetro.
Por lo que se desprende, se trata de dos trampas artificiales elaboradas por los cazadores-recolectores de la zona para capturar mamuts. 
En total, se han registrado 800 restos óseos procedentes de al menos 14 individuos pertenecientes a la familia Elephantidae.
Los restos óseos no estaban en conexión anatómica; se han encontrado vértebras, cráneos, costillas, mandíbulas, escápulas, húmeros, ulnas, pelvis, fémures, tibias… y, además, mandíbulas de camellos y molares de caballos. 
Los mamuts de la zona convivían con otras especies como bisontes, caballos, camellos y aves.
Según las prospecciones del entorno, parece que hay tres sitios próximos con más restos, por lo que se formaría una “línea de trampa” que integraría una estrategia que permitiría a los cazadores-recolectores reducir su margen de error ante la huida o estampida de las mandas de mamuts.
Aún no se han realizado dataciones del lugar, pero los restos estaban cubiertos por una capa de cenizas debido a una gran erupción del volcán Popocatépetl hace unos 14.700 años, lo que provocó que los animales y los humanos huyeran hacia el norte de la cuenca de México.
Es la primera trampa registrada para la caza de mamuts, animales de gran tamaño, pero ya se ha hallado otra  trampa en Japón, de dimensiones más reducidas, para dar caza a animales de tamaño mediano.












miércoles, 5 de junio de 2013

LOS UROS

A sólo 6 km de la ciudad de Puno, en el altiplano peruano, se asienta la comunidad étnica de los Uros en el lago Titicaca, a 3.810 m s. n. m.  
El lago Titicaca es uno de los más grandes del planeta y, además, el más alto en el que se puede navegar. Es abastecido por ocho ríos y compartido con Bolivia.  En los  alrededores  del lago se asientan, en unas cuarenta islas artificiales flotantes, las familias de los Uros (o lo que queda de ellas, ya que poco a poco han ido mezclándose con los quechuas y los aymaras), cuyo nombre significa “los hijos del amanecer”, con modos de vida muy peculiares. Ellos se autodenominan “hombres lacustres”; su hábitat se encuentra en estas islas flotantes, fabricadas con juncos acuáticos llamados aquí totoras.


La totora (Scirpus californicus) es la planta principal del lago Titicaca; es un vegetal herbáceo perenne cuyo tallo mide entre uno y tres metros, flota en el agua y ofrece firmeza para no hundirse. Es una planta muy versátil, ya que tiene múltiples usos: sirve tanto para la construcción de casas como de balsas, para desplazarse por el lago y también como base alimenticia; se puede hacer té y es un buen medicamento, tanto sus hojas como su flor; es muy rica en yodo para prevenir enfermedades como el bocio, y también se usa como combustible. Creo que no ha habido una planta a la que se le haya sacado tanto provecho.


El origen de esta cultura es anterior a los Incas pero dependiendo de las fuentes que consultemos los estudios varían bastante unos de otros, así como, los calificativos displicentes que algunos autores le otorgan a estos indígenas, pero cuando pasas por sus poblados te das cuenta que a pesar de esa precaria economía a la que se ven sometido; son comunidades sedentarias donde existe una relación entre la población y su entorno, se modela no desde un


No desde el principio económico de la acumulación de bienes, sino desde la afirmación de la renovación ecológica como modo de sustentación económica. Al vivir en islas flotantes, no se puede dar por sentado el emplazamiento ni la superficie que habitan, sino que cada cierto tiempo se renuevan; hay ciclos naturales de existencia. En este caso, lo marca la totora, que, si no se cuida, desaparece. Pero a su vez, existe una simbiosis entre los Uros y el agua; esta es la que les confiere la constancia necesaria para asentarse aquí durante siglos.


Los nativos han sabido subsistir con los recursos que le ofrece su entorno basado principalmente en la pesca que le ofrece el lago (pejerrey, la trucha, carachi), la cual hacen de 


De forma artesanal y cuyas piezas se secan al sol una vez limpias, convirtiéndose en moneda de cambio con la que adquieren otros alimentos. En menor medida, suelen cazar aves, que normalmente se crían en el lago, como patos. Actualmente han introducido la cría de gallinas.


Las mujeres suelen dedicarse a la elaboración de tejidos y tapices de lana, que les dan a las islas y a sus vestimentas un aspecto multicolor, y son buenas conocedoras de las técnicas de conservación de alimentos en tiempos de carencia.

 
Como toda cultura indígena, tiene creencias en la existencia de hechiceros o brujos, de adivinos y, sobre todo, en el más extendido: el pago a la santa tierra “Pachamama” (madre de toda la existencia).


Pero estos modos de vida basada en la pesca practicado durante siglos, en menos de una década, se han venido abajo, todo el origen mítico que encerraba estas comunidades ancestrales son sólo un escaparate cara al turismo, la estructura social que equilibraba esta cultura con su lago ha cambiado, así como, su economía; este cambio ha supuesto una catarsis de los modos de vida de los Uros, y por otro lado, sin embargo un resurgir de su economía.