jueves, 7 de febrero de 2013

HUESOS


Uno de los objetivos, de este blogger, es dar a conocer el mundo de la zooarqueología, como disciplina dentro de la arqueología,  su propósito es el estudio de los "huesos", es decir la relación de las comunidades sociales con la fauna presente en un yacimiento, por eso, he considerado interesante realizar una entrada sobre el tema de los huesos, ya que, es la estrella principal de esta asignatura, y dónde se nos pueden plantear muchos interrogantes, sobre todo, cuando estamos en los inicios de su estudio.
Algunos de ellos pueden ser: ¿Qué es un hueso? ¿Qué es un hueso fosilizado?
¿Por qué se transforma un hueso en piedra? ¿Por qué los huesos tienen diferentes colores?
A grosso modo, la composición interna de un hueso está formada por células óseas de tres tipos: los osteoblastos, los osteocitos y los osteoclastos. Los tres tienen funciones determinadas. Y, a su vez, están formados químicamente por una serie de minerales, como el fosfato, el carbonato y el fluoruro de calcio, el magnesio y el sodio. 
Todo este compuesto hace que un hueso sea un órgano duro, resistente y de color blanco; son las piezas que constituyen el soporte de los músculos, los cuales, al moverse, otorgan movimiento a través del correcto funcionamiento de las articulaciones. 
Por eso, es prioritario contar con una buena estructura ósea de base, porque de ella dependerá que el animal tenga un buen desarrollo locomotor. La osteología es la parte de la anatomía que se encarga del estudio de los huesos y nos describe cómo se encuentra constituido el hueso del animal, así como la clasificación de los huesos según su forma, tamaño y ubicación. Asignatura básica para conocer el entramado animal y su funcionamiento.




Para las personas que nos dedicamos al estudio de la zooarqueología, lo que más nos  interesa es conocer la historia del hueso una vez que el animal ha muerto, es decir, cuando el hueso está fosilizado.
Una vez muere el animal,  sus restos entran en el proceso de descomposición y se esparcen rápidamente por la acción de las bacterias, otros animales, el viento, la lluvia, etc. Ahora bien, si ese cadáver es enterrado en poco tiempo por los sedimentos y queda a salvo de la intervención de agentes biológicos y mecánicos, aumentan mucho las posibilidades de que ese hueso se fosilice. Está claro que primero lo harán las partes más duras, y después intervendrán las blandas, como músculos y vísceras, 


Que seguirán el mismo proceso de fosilización porque, a pesar de estar enterradas, la acción de las bacterias continúa. Por ejemplo, tenemos el caso de los insectos que se han conservado en ámbar, que es la resina fósil de un árbol, o también el de los mamuts congelados en la turba de Siberia, que han aparecido totalmente conservados después de miles de años.
Pero en condiciones normales, el proceso de fosilización comienza una vez que han desaparecido las partes blandas del cuerpo y se van rellenando con sedimento que rodea al organismo. En ese momento se va produciendo el proceso de fosilización del hueso, porque empieza a producirse una serie de transformaciones químicas que, poco a poco, van sustituyendo los compuestos orgánicos por minerales.


En esta transformación hay que tener en cuenta que el sedimento que envuelve al organismo es compatible con la composición del hueso; la combinación se irá haciendo molécula a molécula durante un largo período de tiempo, hasta que el organismo esté íntegramente mineralizado, convertido en piedra.
Ahora bien, si ese organismo, por alguna causa, no ha sido enterrado y queda expuesto a la acción erosiva del relieve, ese cuerpo se destruirá en un corto periodo de tiempo. Normalmente, los primeros agentes que intervienen en esa destrucción son las aves rapaces o bien los carroñeros, que devoran las partes blandas del animal; sólo quedan expuestas a la intemperie las partes más resistentes, como es el esqueleto, y dentro de éste se preservan las más duras, como son la mandíbula, el cráneo y las hemimandíbulas, pero éstas también pueden desaparecer dependiendo del terreno. Y es el terreno el que va a condicionar el color del fósil, que puede variar entre tonos marrones, naranjados, grises o negruzcos. Este camuflaje, que adquiere el hueso, es lo que hace que, muchas veces, los arqueólog@s, a la hora de hacer el registro de materiales, los deriven a las bolsas de industria lítica o bien a la cerámica. De ahí que ningún radar, cuando se realiza una prospección arqueológica, pueda detectarlos, porque son minerales y su composición es similar a la de cualquier roca del lugar.