lunes, 11 de mayo de 2020

ZOOARQUEOLOGÍA: El Lobo



Canis lupus familiaris. Foto: Ambientum

Algunos colectivos están pidiendo programas de reintroducción del lobo en sus antiguos territorios, es decir, en aquellas zonas en las que ha desaparecido por diversas causas, entre ellas la presión cinegética intensa. Sin embargo, el lobo se extendía por toda la Península Ibérica, desde el Pleistoceno medio hasta el Holoceno. 
Sus restos suelen estar presentes en la mayoría de los yacimientos, porque es el carnívoro mejor representado a nivel taxonómico, tanto por el número de restos como por el de individuos, aunque no en grandes cantidades, que comienzan a ser más frecuentes a partir del paleolítico superior.
Aquí nos vamos a centrar, sobre todo, en la evolución del lobo (Canis lupus) y en los taxones extinguidos que lo precedieron.
En el continente europeo aparece la familia de los cánidos, representada por los géneros canis y vulpes, entre otros, que aquí no vamos a valorar, a finales del Eoceno y principios del Oligoceno. 
En el Pleistoceno inferior surge el género Canis, hace unos 2 millones de años. La Península Ibérica, durante el interglacial Mindel-Riss, se caracterizó por una serie de intensas oscilaciones climáticas que provocaron diversas distribuciones faunísticas en las diferentes regiones de España; así, se extinguió el coyote y se originaron lobos y zorros.
Hay diferentes posiciones sobre cuál fue el ancestro del lobo actual, que no vamos a abordar. En China tenemos los registros fósiles más antiguos documentados, atribuidos al género Canis, en depósitos de unos 3,4 Ma.
Los primeros cánidos encontrados en Eurasia fueron el Canis etruscus y el Canis falconeri. Los más antiguos de las dos especies se encontraron en China, con una antigüedad de entre 2,5 y 2,8 millones de años. En Europa tenemos el Canis etruscus del yacimiento de Olivola (Italia), con 1,8 millones de años.
En cambio, en la Península Ibérica, en el yacimiento Fonelas P-1 se registran Canis etruscus y Canis falconeri, característicos del Plioceno Superior y del tránsito Plioceno-Pleistoceno. 
También tenemos hallazgos de Canis falconeri en yacimientos pliocénicos de Villaroya (La Rioja), Puebla de Valverde (Aragón) y Venta Micena (Orce, Granada), con una antigüedad de entre 1 y 1,5 millones de años. Y los restos de Canis etruscus en Cueva Victoria (Murcia), Huéscar-1, Solana de Zamborino y Cúllar de Baza (Granada) con 500 mil años.
Prácticamente, podemos decir que el lobo estaba presente en la mayoría de los yacimientos de la Península Ibérica, como Torralba y Ambrona, con una antigüedad de 0.4 Ma, en la Sima de los Huesos con 0,25 Ma, cueva Fantasma, en Pinilla del Valle, cueva de la Carigüela, cueva Negra, Cabezo Gordo, cueva de los Casares, cueva de los Torrejones, Abric Romani, Leztxiki, Labeko Koba, Amalda, Santimamiñe, Bolinkoa, Ermitlia y Urtiaga (Guipüzcua), Morín (Cantabria), Cueva Ambrosio…
Durante el Paleolítico inferior, debemos decir que la Península Ibérica estaba formada por ecosistemas de sabanas y zonas lacustres, donde se extendía una diversidad de especies animales que hoy no coexisten. Entre los que se encontraban hipopótamos, mamut, jirafas, rinoceronte, félidos y hienas, diferentes tipos de monos cercopitecos y équidos (precaballos), bóvidos y una gran variedad de artiodáctilos.
Entre los carnívoros teníamos a los Canis falconeri, que atacaban a los ungulados. Por sus mandíbulas se determina que tenían una alimentación carnívora, en su mayoría, con una muela carnicera más cortante que la de los lobos actuales, con cúspides muy afiladas; por lo tanto, no eran rompedores de grandes huesos. Estos lobos eran sociables y cazaban en grupo, por lo que su eficacia en la caza era mayor que la de los felinos; incluso superaban a la de los dientes de sable.
Sin embargo, el Canis etruscus es un lobo que caza en solitario; su tamaño corporal también es menor: pesa unos 10 kg y, al ser un gran corredor por sus características anatómicas, suele cazar presas de animales más pequeños.
Entre 1,6 y 1,8 millones de años hubo dos grandes cambios de especies en todo el planeta; cuando esto ocurre, suele deberse a una serie de cambios climáticos. En este primer cambio sobrevivieron tanto el Canis etruscus como el Canis falconeri
Sin embargo, otro gran cambio se produjo alrededor de 800.000 años, cuando dio lugar a una serie de animales que aún existen, entre ellos el Canis lupus (lobo).
El lobo, que era más evolucionado y generalista, excluyó a Canis etruscus y Canis falconeris presentó unas habilidades vitales, básicamente por su sistema de caza en grupo, lo que lo hizo reemplazar a otros depredadores.
Según el registro faunístico de yacimientos paleolíticos, con presencia de taxones carnívoros, nos determina que los cánidos han tenido varias implicaciones a lo largo del Pleistoceno en su relación con los grupos humanos, una de ellas ha sido su papel de agente acumulador de carcasas de ungulados en  zonas de hábitat de humanos, pero también, el lobo normalmente, acudía a los yacimientos que estaban ocupados por los grupos humanos en épocas en que estos estaban libres, buscando los residuos dejados por éstos. A través de los estudios tafonómicos, se ha observado en el yacimiento de Galería, en la Trinchera de la Sierra de Atapuerca, que hace 200.000-500.000 años se registró un gran número de herbívoros que presentaban marcas de haber sido comidos por los homínidos, y también aparecieron marcas de mordeduras de cánidos, lo que indica que los cánidos aprovechaban los recursos cárnicos que los humanos dejaban. 
Pero también los lobos han sido presa de grupos de cazadores, ya sea por su carne o por su piel; estos serían cazados a finales de otoño o a principios de invierno, cuando su piel está más bonita.
Aunque estos animales son difíciles de cazar debido a su naturaleza evasiva y su agudo sentido del olfato. Son territoriales y su forma de vida es en manada, formada por machos y hembras, de 10 a 15 individuos. 
Su dominio no suele ser muy amplio, sólo abarcan una zona de 200km; el aullido es lo que marca su territorio con las manadas vecinas, pero lo que más le caracteriza es su gran olfato, pueden oler a grandes distancias, gracias a que tiene repartido por todo su cuerpo una serie de glándulas, en la cola, los ojos, las patas, en la piel y en los genitales; sus feromonas secretadas por dichas glándulas son las que identifican a cada lobo. 
Debido a que se desenvuelve en un biotopo muy amplio, ya sea en la montaña o en los bosques caducifolios, taigas y praderas, su capacidad de adaptación le ha permitido extenderse por toda Europa, Asia, América y África. Así, también nos han dejado constancia a través de sus representaciones en el arte parietal, que han estado presentes muy cerca de las comunidades humanas. 
Estas representaciones se distribuyen por toda Europa a lo largo de todo el paleolítico, que se extiende desde Alemania hasta Siega Verde. Aquí se contabilizan once sitios con representaciones gráficas distribuidos por Navarra, el área cantábrica, la mediterránea y la Meseta. 
Estos animales, a lo largo de los diferentes períodos históricos, han estado al refugio de los humanos, ambos compartimos un carácter biológico y somos animales sociables, pero esta relación nunca ha sido así, en nuestra península estuvo a punto de extinguirse a finales de los años setenta (del s. XX), por los ataques que se producían a los rebaños de ganado, que llevó a los ganaderos a luchar contra éste animal, llevándolo casi a la erradicación. Gracias a la perseverancia de Félix Rodríguez de la Fuente, se salvó de una desaparición segura y consiguió un régimen de vedas anuales.
Muchas comunidades rurales no ven con buenos ojos que en sus territorios se reintroduzca el lobo (Canis lupus familiaris), porque se les atribuye la responsabilidad de las pérdidas en sus rebaños. 
A pesar de que las administraciones han establecido algunas medidas para subsanar estos problemas, no hay acuerdos entre ambas partes. Como en todos los ámbitos en los que surgen las indemnizaciones, también surge la picaresca: hay depredadores carnívoros (lobo, osos, depredadores medianos…) que atacan a las reses, pero también intervienen carroñeros (buitres, halcones…), por lo que resulta difícil determinar qué animal es el responsable de las matanzas.
Existe un estudio encabezado por el Dr. José Yravedra, basado en la morfometría geométrica, para distinguir entre diferentes ataques de carnívoros , y se fundamenta principalmente en el análisis de la morfología de las marcas dentales dejadas por estos en los ejes de los huesos largos. 
Con este tipo de análisis se podría resolver el conflicto que a veces genera el fraude de los seguros y reducir así la tensión entre ganaderos y funcionarios del gobierno.
Hay que tomar medidas por ambas partes (cercas eléctricas, perros pastores…), como plantean los estudios de M. Sánchez, y sólo así podríamos disfrutar de poblaciones de lobos en nuestros campos.


Referencias:

-A. Azzoroli, 1983: “Quaternary mammals and the end Villafranchian dispersal event: a turning point in the history of Eurasia”. Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology, 44.

-A. Arribas y G. Garrido, 2016: “Los primeros lobos, linces y cabras montesas de la fauna ibérica”. Quercus, n.º 359.

-G. Garrido y A. Arribas, 2008: Canis accitanus, una nueva especie de cánido del Plioceno superior. En Arribas. A (Ed). Vertebrados del Plioceno Superior Terminal en el suroeste de Europa: Fonelas P-1 y Proyecto Fonelas. Instituto Geológico y Minero de España, serie Cuadernos del Museo Geominero, 10, 187-199.

-A. Arribas y P. Palmqvist: El registro fósil de los cánidos del Cuaternario en España: inferencias tafonómicas y paleobiológicas. 

-I. Cáceres et al., 2010: “El yacimiento de Galería (sierra de Atapuerca): un enclave para la obtención de recursos carnívoros en el pleistoceno medio”. Actas de la 1.ª reunión de científicos sobre cubiles de hiena en los yacimientos arqueológicos de la P. Ibérica.

-A. Lobo Montañés, 2018: “Los cánidos en las manifestaciones gráficas paleolíticas”. Munibe, n.º 69.

-J. M.ª Vázquez-Rodríguez, 2019: “Presencia de cánidos (Género Canis, Vulpes y Cuon) en el registro arqueofaunístico de yacimientos paleolíticos cantábricos”. Actas de las X Jornadas de Jóvenes en Investigación Arqueológica (Burgos, 2017).

-J. Yravedra, 2003-2004: “Interacciones de Humanos y Carnívoros en el Pleistoceno Superior de la P. Ibérica. Novedosas interpretaciones en la cueva Almanda”. Espacio, tiempo y forma. Prehistoria y Arqueología. T 16-17.

-J. Yravedra, M. A., Maté, L., Courtenay, D.González y M. Fernández, 2019: “The use of canid foot marks on bone for the identification of livestock predation”. Naturesearch. Scientific Reports 9:16301.

-J.Yravedra, et al., 2011: A taphonomic study of wild Wolf (Canis lupus) modifications of horse bones in Northwestern Spain. J.Taphonomy, 9(1), pp 37-36.

-M. Sánchez et al., 2019: Por la convivencia del hombre y el lobo. Observatorio de Sostenibilidad. See. P.51



Reconstrucción de Canis etruscus. Foto: R:Uchytel



Maxilar y mandíbula de Canis etruscus de Fonelas P-1.




Cráneos y mandíbulas de Cánido falconeri de Venta Micena. Foto: J.L. Santamaría.




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